|
CUANDO LA COMIDA CALLA MIS SENTIMIENTOS
Adriana Esteva
¿Sientes vergüenza de tu cuerpo? ¿Siempre te dices que el lunes empezarás la dieta? ¿Cuando quieres «escapar» de algo o alguien comes y no sabes cuándo parar? ¿Crees que cuando estés delgada o delgado serás feliz? La comida siempre viene acompañada de emociones y sentimientos y, desde pequeños, la asociamos con amor, miedo, culpa, ansiedad? En ella encontramos una salida a las frustraciones, un refugio y consuelo ante la falta de amor. Cada vez que estamos sometidos a un impacto emocional nos vence el irresistible impulso por comer. Adriana Esteva, desde su propia historia y basándose en la experiencia de otras personas con las que ha compartido sus talleres, presenta vivencias con las que te sentirás identificado, te ayuda a conectarte con la Fuente Creadora, sanar heridas, reconciliarte contigo mismo, liberarte de la obsesión por el peso, y entender cómo las emociones y los patrones mentales tienen influencia sobre nuestro comportamiento, incluso cuando no nos damos cuenta.
|
No pertenecer tiene que ver con la falta de identidad, de referencia, pero, sobre todo, con la lastimosa sensación de que nuestra presencia en el mundo no es suficiente ni justificada, así es que sentimos que debemos hacer esfuerzos extraordinarios para ganarnos el “privilegio” de existir.
Reconciliarme con mi lado divino, conectar mis pies con la tierra y mi coronilla con el cielo, me hace sentir que no estoy sola y que formo parte de este planeta; hoy comienzo a sentir que pertenezco.
Entiendo que la compulsión nace del temor y la sanación se da desde el amor.
¿Qué significa para mí tener una buena relación con la comida? Comer únicamente cuando tenemos hambre física y dejar de hacerlo cuando estamos físicamente satisfechos.
No podemos pedirle a alguien que deje de ser agresivo si antes no ha sanado sus lesiones ni ha fortalecido su capacidad de defenderse y de perdonar.
Carencia: Jon Gabriel, en su libro El método Gabriel, plantea que ante cualquier carencia en nuestra vida, ya sea de pareja, económica, de certeza, de realización, de entendimiento, de afecto o de atención, inmediatamente reaccionamos “almacenando”.
El primer paso para mejorar nuestra autoestima es aceptarnos como somos y abandonar toda idea de cambio que constantemente nos predisponga a pensar que así como estamos no somos suficientemente buenos. Amarme tal cual soy implica de entrada conocerme, descubrir mi esencia, más allá de mi propia percepción o la de los otros. En el proceso de conocerme es importantísimo no juzgarme y aceptarme con todo lo que implica ser yo: mi herencia genética, mis condicionamientos familiares, sociales y culturales, mis limitaciones, mis habilidades, mis miedos… Partir de lo que existe y de lo que está a mi alcance es el único camino para moverme hacia otro lugar.
Ahora comprendo, después de todo, que no se trataba solo de cerrar la boca y no comer. He comprobado que esa hambre voraz no era de comida, sino de afecto, de comprensión, de límites, de referencias claras, de confianza, de compañía, de aceptación, de atención, en fin, de que alguien me dijera qué hacer con todo lo que yo sentía.
Ser vulnerable significa aceptar que tenemos la capacidad de sentir, cualidad que le da significado a nuestra existencia, que nos convierte en verdaderos seres humanos.
Reconocer lo que sentimos es una de las herramientas más valiosas que tenemos para saber cómo actuar y por dónde andamos. La honestidad con nosotros mismos es el primer paso para reconocer nuestra perfección, que a su vez es ¡perfectamente imperfecta!
Cada vez que comemos “por ansiedad” en realidad estamos escapando de lo que sentimos, así hemos aprendido a hacerlo. Dice Geneen Roth que preferimos crear un problema secundario –como nuestra forma de comer– cuando sentimos que el problema principal es tan grande que podría desbaratarnos. Es más fácil irnos a ese lugar llamado “no puedo parar de comer” que afrontar un sentimiento o una situación que no sabemos cómo manejar.
la premura con la que vivimos nos orilla a actuar en automático; de manera que se nos olvida que en cada movimiento que realizamos intervienen muchos músculos, huesos, venas, arterias, conexiones, etcétera. Damos por hechas las cosas, lo cual no nos permite darnos cuenta de los milagros que ocurren a cada instante; nos perdemos y no le damos tiempo a los milagros de que nos “alcancen”.
|